Dos síntomas de un mismo atraso

La Nación – Nota – Opinión – Pag. 27

Marcelo Rabossi

Desde fines del siglo XIX hasta entrada la década del 30 del siglo XX, la Argentina y Australia parecían compartir destinos. Las dos con territorios extensos, baja densidad poblacional y una tierra fértil para la producción agrícola y la explotación minera. Eran épocas en que la evolución de nuestro PBI per cápita, mano a mano con el de Australia, superaba al de las potencias europeas. Pero las condiciones que impulsaban el crecimiento mundial cambiaron. Para adecuarse, ambas naciones fijaron distintos rumbos. Hoy, producto de decisiones erróneas tomadas durante el trayecto, un trabajador promedio de Australia produce casi un 150% más que uno de nuestro país.
Diversos motivos explican nuestra actual situación. Golpes de Estado, inestabilidad macroeconómica, políticos carentes de ideas modernas y el poco respeto a las instituciones y a la palabra dada. Recordemos el plan Bonex, en
1989, y el corralito, de 2001, a aquel que nos dijo: “El que depositó dólares recibirá dólares”. Ambos condujeron a la expropiación de los ahorros privados.
El caso Vicentin refleja en parte lo dicho. Se argumentó que al expropiar la cerealera se evitaría su extranjerización y que así los dólares terminen en destinos “poco patrios”. Lo paradójico es que las fugas de divisas son en general lideradas por los propios argentinos que buscan mantener sus ahorros lejos del alcance del Estado. El temor a ser expropiados juega siempre su partida. Asimismo, se nos contó que al controlar parte del ingreso de dólares de las exportaciones se buscaba estabilizar el mercado de cambios. Tristemente, lo que nadie nos dice son las necesidades de inversión que tiene el país en sectores que emplean tecnología de punta, aquellos que aportarían mayor valor agregado y que a la larga genera-rán un mayor volumen de divisas y tranquilidad cambiaría. De alguna
manera, lo ocurrido es síntoma de un país anclado a un modelo productivo más propio del XIX.
Mientras tanto, Australia, a pesar de ser un gran productor de materia prima, como nosotros, apostó a exportar servicios más alineados con la tercera y cuarta revoluciones industriales. Un ejemplo sería su sector educativo. La producción de capital humano acorde con una economía moderna ha convertido a la universidad australiana en el tercer sector exportador del país. Un total de casi 18.000 millones de dólares anuales son generados de manera directa a través del cobro de aranceles e indirectamente a partir del gasto de alumnos extranjeros en su territorio. Unas cuatro veces la facturación del grupo Vicentin.
Consecuencia de un trabajo para ubicar sus universidades en la mira mundial, Australia se transformó en el país que más estudiantes universitarios extranjeros recibe en relación con su población.
Más de 500.000 alumnos de otros países estudian en sus casas de estudios superiores. En la Argentina, menos de 10.000. Para el país oceánico, la política conjunta entre universidad y Estado fue decisiva, este último como custodio de la calidad de sus casas de estudio, factor fundamental a la hora de atraer estudiantes de todo el mundo. Hoy, siete universidades australianas se ubican entre las 100 mejores del mundo según el Academic Ranking of World Universities. La UBA, nuestra perla, por debajo de las primeras 200.
Los aires expropiadores que rondan el país no solo son producto de nuestra falta de imaginación a la hora de obtener los tan ansiados dólares, son también consecuencia de creer en la falacia que sin intermitencia nos repite: “Con una buena cosecha nos salvamos todos”.