Los empresarios temen estar ante el espejo chavista

La Nación – Nota – Política y Economía – Pag. 6
Francisco Jueguen

La conformación identitaria del Frente de Todos empuja a Alberto Fernández a integrar a su galera de trucos una política pendular. Semana tras semana se siente obligado a enviar mensajes que suenan contradictorios según cuál de sus múltiples audiencias los escuchen. En el Gobierno lo justifican: esas señales amplifican una base de sustentación. Sin embargo, cada vez con más frecuencia, empieza a aparecer en el público un disvalor: la desconfianza.
En el sector privado reina la confusión. No solo comienzan a descreer de los matices que el Presidente introduce a las medidas que recuerdan el kirchnerismo más duro, sino que empieza a desgastarse esa idea de gestor pragmático de las diferencias.
Fernández ya alertó lo que viene cuando extendió la cuarentena la semana pasada: “La pandemia nos da una gran oportunidad de transformación”. Esa transformación es el nuevo significante vacío. La incertidumbre es enemiga de la previsibilidad, y la imprevisibilidad, de las inversiones. El Estado puede ser condición necesaria, pero no suficiente para la reactivación pospandémica. Las dudas que plantea la decisión sobre Vicentin son si el Gobierno cree eso o lo contrario.
¿La Argentina se encamina a ser Venezuela? ¿Es Vicentin la Sidor argentina? ¿La decisión abre una intención estatizadora o dirigista de la economía? Estas preguntas las hacen hoy quienes hace solo una semana celebraban que el primer mandatario echara por tierra el proyecto de la diputada Fernanda Vallejos para que el Estado se quedara con acciones de las empresas a las que auxilió durante la cuarentena. Fernández no negó a su legisladora frente a un auditorio cualquiera. Lo hizo frente a los diez empresarios más importantes del país.
“Es una decisión trascendente para la Argentina”, señaló Vallejos apenas conocida la decisión de intervenir y expropiar Vicentin.
Pese al relato, las estatizaciones distaron de ser exitosas durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Aguas, Aerolíneas e YPF, todas terminaron en escándalo. Y lo que es peor, en un carísimo perjuicio para el Estado.
La nueva identidad que busca proclamar Fernández parece ser la del kirchnerismo con límites. El Presidente administró personalmente esos matices. Aseguró en la conferencia de prensa que la idea había sido de la senadora ultrakirchnerista Anabel Fernández Sagasti. Sin embargo, el interventor en Vicentin será Gabriel Delgado, un técnico del INTA que había sido elegido por Alberto Fernández ministro de Agricultura antes de que el Instituto Patria lo “interviniera” con Luis Basterra.
Al kirchnerismo el Presidente le habló de “soberanía alimentaria”. No es un relato menor para esas huestes: en la guerra con el campo, por la que Fernández se fue del gobierno en 2008, se gestó la identidad K. Hoy se libran otras dos batallas en la intervención de Vicentin: una por los precios de los alimentos y otra por las escasez de divisas.
Hubo un gesto de Alberto hacia Axel Kicillof. El adalid de Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires creó en su momento Precios Cuidados para que ese programa sirviera de referencia a los demás productos en las góndolas y estatizó YPF, hecho que hoy hace que esa firma sea un actor clave a la hora de habilitar o no aumentos en los precios de los combustibles. Es bueno que “el resto del mercado sepa por dónde caminar”, dijo el Presidente sobre el agro.
“Un país más justo no es perseguir a nadie ni esas ideas locas de que queremos quedarnos con las empresas”, recuerdan los empresarios las palabras del Presidente, días atrás. Por las dudas, los que tienen pesadillas caribeñas advierten: la estatización del petróleo bolivariano terminó con el país con mayores reservas del mundo importando crudo de Irán y subiendo los precios de la nafta a los automovilistas venezolanos.