El papel de la Cancillería

El bienestar de los argentinos depende en gran parte del comportamiento de los principales flujos económicos con el resto del mundo: las inversiones, el comercio exterior de bienes y servicios y el turismo, factores que alimentan nuestro desarrollo. Es importante definir claramente las condiciones macroeconómicas que determinan la productividad, la excelencia competitiva de la producción privada y la política exterior que negocia acuerdos destinados a proyectar la expansión nacional y organiza la promoción de exportaciones, turismo e inversiones.
El déficit en la balanza de pagos, el elevado endeudamiento y la destrucción de la industria nacional nos han llevado a una crisis muy grave. Hemos destruido el equilibrio virtuoso de estos factores de progreso. El próximo cambio de gobierno es una oportunidad para replantear nuestra estrategia internacional y el rol que debe brindar el Estado para llevar a cabo sus metas. Exportaciones estancadas concentradas en pocas empresas y sectores, un consumo anegado por importaciones muchas veces en condiciones de dumping del cual el Estado no se defiende. Los estímulos macroeconómicos son inconducentes de seguir la política actual.
El involucramiento del Estado es decisivo para apoyar las abundantes energías creativas que existen en nuestro país dispuestas a expandir los recursos externos necesarios para el desarrollo nacional. Blandiendo la utópica bandera de la “lluvia de inversiones”, el Gobierno, sin ninguna evaluación previa y con poca responsabilidad, transfirió la competencia de promoción de exportaciones e inversiones externas de la Cancillería al Ministerio de la Producción (decretos 223/2016 y 513/2017). Se creó la Agencia de Promoción de Exportaciones e Inversiones, se designó mucho personal sin idoneidad dejando de lado la experiencia de 25 años de un servicio que hubiera podido mejorarse en vez de mutilar las competencias de la Cancillería, como se hizo (ley 24.190/1992). El resultado fue una dispersión de energías, mucha retórica y los usuarios, confundidos con esta experiencia; muchas relaciones públicas y pocos resultados.
El mundo de los negocios ha adquirido una nueva jerarquía, diría un estatus institucional público- de las 100 principales entidades económicas del mundo la mitad son empresas-, la globalización y la revolución tecnológica de transporte y comunicación expanden el horizonte de las exportaciones de las pymes, las inversiones dependen de la confianza de hombres de negocios que se mueven como jefes de Estado y a veces como sus interlocutores. El turismo depende de la imagen y de tradiciones culturales.
El lugar a partir del cual debería organizarse esta nueva diplomacia económica es la Cancillería.
Es el único lugar en el Estado que cuenta con un servicio profesional de carrera con sensibilidad en lo internacional (y nacional) y una impresionante infraestructura ya instalada: 92 embajadas, 62 consulados, 11 de ellos con centros de promoción comercial. Las principales potencias económicas, desde hace más de una década, modernizaron los instrumentos del Estado para promover sus exportaciones y defender la competitividad de su producción en los mercados externos. La mayoría han potenciado sus ministerios de relaciones exteriores para cumplir con este objetivo.
Debería organizarse a partir de la Cancillería una vigorosa política de promoción de comercio, turismo e inversiones a largo plazo que, con un criterio global, apoye el desarrollo competitivo del país, como parte medular de la misión asignada a la política exterior.
Las competencias serían las siguientes: negociar acuerdos -bilaterales, regionales o multilaterales- que faciliten el comercio y la integración; promover y difundir la “marca país”; apoyar y guiar el esfuerzo de los exportadores, en especial las pymes; organizar misiones y participación en ferias; involucrar activamente a la diplomacia en el mundo de los negocios transnacionales, y crear vínculos con los actores económicos nacionales y extranjeros.
Al llevar a cabo los objetivos de la política exterior a través de su servicio exterior, la Cancillería deberá asistir con acciones y contactos a la inserción de la trama productiva del país en el mundo.
Si incrementamos en un 50% nuestras exportaciones, gran parte de los problemas argentinos se solucionan. Debemos para ello revalorizar el rol de nuestro servicio exterior, usando su potencial político, informativo y negociador para transformar nuestra diplomacia en un instrumento al servicio de un país que ha elegido recobrar su lugar en el mundo.